domingo, 12 de octubre de 2014

Lo que puede el amor...

Ahora lo recuerdo y casi me hace gracia. Son tantas las cosas que han ocurrido después, tantos los momentos felices, tanto lo disfrutado, que casi me he olvidado del pánico que inundaba mi razón y mi alma el día que decidí contarle a mi padre la verdad sobre mi profesión. Él se vanagloriaba de una hidalguía, en realidad impostada, y de un “blasón sustentado por un linaje entroncado en la Grandeza de España”. Era un puro ejercicio de la más creativa ficción. aplicada al sablazo y a las apariencias. Como corresponde a “tan alta estirpe”, mi padre era católico, apostólico, romano y del Real Madrid y le gustaba dejarse ver los domingos en misa de doce, acompañado por mi madre, por mis dos hermanos varones y por mí. Con mi cabecita rubia cubierta por el velo ritual, y mi vestidito blanco de pureza sin mácula, nos sentábamos en los bancos más cercanos al púlpito, donde mi padre representaba cada semana a la perfección el papel de devoto siervo de Nuestro Señor, jefe de familia piadosa y ejemplo para la congregación. Tras la siesta, mi padre y mis hermanos partían hacia el Santiago Bernabéu para completar la liturgia del domingo, esta vez merodeando por la zona de palcos del estadio, con la esperanza de que algún conocido con dinero real, del que se lleva en el bolsillo, sintiera pena de mi padre y de mis hermanos y los invitara a pasar al interior y ver desde allí el fútbol.
Esa fase de mi vida, que debería haber sido la más feliz, fue sin embargo oscura y frustrante. Tanto es así, que apenas tuve la potestad de abandonar mi casa, decidí irme a estudiar al extranjero aprovechando el montante de una beca que premiaba mis excelentes calificaciones, pues la economía familiar, la real, distaba en muchos ceros de la aparente, como ocurre en las empresas que tienen doble contabilidad, pero al revés.
Ya era toda una mujer, y mis números (tanto académicos como anatómicos) eran mareantes para cualquiera, modestia aparte. Sobre todo para mis profesores varones, que vieron en mí, aparte de una colaboradora excepcional, un objeto de deseo irrefrenable. Creo que el hecho incontestable de mi capacidad profesional y docente, unido al palmario de mi rotundidad de formas, hizo que mi carrera estudiantil pasara como un suspiro para mí y podría asegurar sin temor a equivocarme, que para mis doctos profesores, también. El salto al mercado laboral era cuestión de tiempo, pues adjuntando a mis currículos una fotografía de medio cuerpo, en lugar de la consabida tamaño carné, las oportunidades no paraban de presentarse. Escogí la que mejor me pareció de entre todas las tentadoras ofertas recibidas y pasé a formar parte de una multinacional radicada en Francia, circunstancia esta que me permitió ejercitar y acrecentar mí, ya contrastado, dominio del francés. Dadas las prerrogativas del puesto que desempeñaba, mi asistencia a congresos y a reuniones de alto nivel era un requisito indispensable, y fue en la fiesta de clausura de un encuentro de empresarios del sector del ocio de lujo, donde fui abordada por el hombre maravilloso que me propuso el salto a la prostitución de alta escuela. En un principio me sentí ofendida, aunque he de reconocer que al mismo tiempo me tentaba la idea de incrementar mis ingresos en proporciones astronómicas haciendo prácticamente lo mismo que intentaban mis jefes que hiciera con ellos, pero cobrándoles. No lo pensé más. Mi debut como hetaira se produjo un mes de febrero, y para el verano ya había ascendido en el escalafón y en el caché hasta las posiciones más elevadas. El dinero dejó de preocuparme, pero el hacer participes a mi familia de mi actual condición, me quitaba el sueño.
Como un suspiro, llegó la navidad, y con ella la inexcusable visita a casa de mis padres, donde iba a ser sometida a un segundo grado de interrogatorio por parte de mis hermanos y de mis padres. Me armé de valor y, con la convicción que da el saber que estas haciendo lo que realmente quieres, me presenté en casa el día de los inocentes, por la mañana. Tras la algarabía de la llegada, los parabienes y las bienvenidas, nos sentamos a desayunar en la antigua mesa de la cocina, un mueble de formica verde con las patas metálicas corroídas hasta la mitad por el orín y los años. Jugueteaba localizando con mis dedos los chicles pegados bajo el tablero por mi misma cuando era niña, dándole vueltas a como iba a enfocar el asunto. Siempre he pensado que los malos ratos cuanto antes se pasen, mejor y, tras una leve preparación del terreno, me sinceré totalmente con mi padre que, intuyendo algo, movía nerviosamente el contenido de su taza de café.
-Papa, tengo que decirte algo importante. Espero que sepas encajarlo, porque no tengo intención de cambiar, pero me gustaría más que nada en el mundo, que me siguieras viendo como lo que soy: tu hija que te quiere muchísimo y que te respeta, independientemente de lo que soy. Papa, por circunstancias que ya veremos en su momento, me he hecho prostituta…- dije con la voz temblorosa por el temor a la reacción de mi padre y por el nerviosismo de la embarazosa situación. El café, al que acababa de dar el primer sorbo, fue expulsado de su boca como si fuera un surtidor, como esas fuentes en que un sátiro hecha agua pulverizada por un pífano. Su faz, antes amoratada por efecto del Jerez y del brandy, se tornó lívida. Mi padre mi miró con una dolorosa expresión de desapego en sus ojos, se levantó del sillón que ocupaba y salió de la habitación sin haber abierto la boca.

Yo quedé sumida en un lamentable estado de vacilación que me sorprendió, pues pensaba que fuera cual fuera la reacción de mi padre, la iba a encajar con entereza, y ahora, tras cruzar la línea de no retorno al sincerarme, me asaltaban las dudas sobre la conveniencia o no de tanta sinceridad. Como los días pasaban y la actitud de mi padre seguía inmutable, pensé en llevar a cabo un plan de aproximación para ganar el respeto al menos del resto de la familia. Subí a mi madre a mi flamante 4 x 4 y juntas nos dirigimos a una tienda de muebles, propiedad de un cliente mío que me debía un favor muy grande. En una de las ocasiones en las que necesitó de mis servicios, nos encontramos a su mujer tras salir del restaurante y fingí (con mi sentido innato de la interpretación, herencia de mi padre) ser una proveedora de una conocida fábrica de muebles. Salvó su matrimonio, me dio una excelente propina y me prometió agradecimiento eterno, el mismo que yo iba a reclamar entonces. Compramos mobiliario nuevo para todas las habitaciones de la casa, a gusto de mi madre y lo pagué en metálico con la promesa de mi antiguo cliente de que a la mañana siguiente estaría todo instalado, a pesar de ser víspera de nochevieja. Así fue. Y pude observar como mi padre miraba de soslayo el trasiego de muebles, viejos y nuevos, y como la casa adquirió de repente una apariencia mucho más señorial de lo que él mismo había soñado nunca. Pero seguía sin ser suficiente. No me hablaba y rehuía mi presencia y, por supuesto, mi compañía. Había que profundizar más.
La segunda intentona la encaminé por la senda del prestigio. Nunca habíamos ido muy sobrados de ascendiente entre nuestros “iguales”, y pensé que si mis hermanos (infinitamente más tontos que yo) se matriculaban en cierta universidad norteamericana cuyo rector era fiel cliente de una servidora en sus frecuentes visitas a nuestro país, eso constituiría un aldabonazo a la desmedrada reputación de mi padre. Podría enorgullecerse en el palco del Bernabéu de que sus hijos estudiaran en Estados Unidos con una matrícula especialmente dirigida a personas de la nobleza internacional. Yo la pagaría, claro, y mi querido rector (cuyos vicios secretos y mi diligencia a la hora de realizarlos le obligaban a satisfacerme) se encargaría de enviarnos a casa los dos impresos cumplimentados con la orden de ingreso adjunta, sin fecha de ingreso definida. A la mañana siguiente, 31 de diciembre, un mensajero nos trajo la valija con toda la documentación firmada y sellada con el visto bueno del rector, lista para ser utilizada. Mis hermanos no cabían en sí de gozo, mi madre lloraba de felicidad por los rincones, pero mi padre… Mi padre me miró a los ojos, se dispuso a decirme algo, pero su mal entendido orgullo hizo que partiera en dirección opuesta, sin llegar a articular palabra. Hacía falta algo más. Anduve cabizbaja por las recién amuebladas habitaciones, meditando cual podría ser la jugada definitiva que devolviera el amor de mi padre a sus niveles de antaño. En mi paseo doméstico, llegué al garaje y allí vi el antiguo Citroën CX Pallas blanco que mi padre mantenía como seña del señorío familiar. Su pintura, descarnada, saltaba al contacto con mis dedos, sus ruedas estaban cuarteadas y desinfladas y la ventana trasera derecha, la mía, estaba cerrada con la ayuda de un destornillador incrustado entre el cristal y el marco. ¡Ya está!, le regalaría a mi padre un coche nuevo, un vehículo con la elegancia y la sobriedad que necesitaba un hidalgo español, de noble linaje y antiquísimo escudo de armas. Le iba a comprar un Mercedes de color verde carruaje que, como todo el mundo sabe, es el color de los vehículos de la nobleza (amén del rojo inglés, más bien reservado para los dignatarios de la Iglesia y para los toreros esnobs).
Tomé mi teléfono móvil y realicé un par de llamadas al gerente de un concesionario que estuvo encantado de quedar conmigo esa misma mañana, a eso de las doce en el hotel de costumbre. Tras reunirme con él en el hall del establecimiento, le propuse almorzar y, en el transcurso del refrigerio, le expuse lo que deseaba: quería un Mercedes clásico, verde carruaje para el día siguiente. A cambio, disfrutaríamos juntos de la suite de siempre sin que ello supusiera gasto alguno por su parte. El gerente, hombre acostumbrado a las negociaciones, incluyó entre sus peticiones alguna que me resultaba especialmente asquerosa, pero accedí con tal de conseguir el coche, y de paso, recuperar el cariño paterno. Fue una tarde agotadora. Estuve trabajando hasta las tantas y de no ser por la fecha tan señalada, habríamos continuado incluso después de las doce. La hora de las campanadas.
Llegué a casa con el tiempo justo para asearme y cambiarme de bragas y de vestido. El año viejo se escurría entre las agujas del reloj y yo deseaba que con él se disipara también el distanciamiento con mi padre. En la pantalla, Ramón García, con su capa de caballero español, desgranaba las campanadas. La puerta del Sol estallaba en buenos deseos, en besos y en abrazos. Uno tras otro fui besando a mi familia, y al llegar el turno de mi padre noté una diplomática frialdad en sus besos, y nada más.
El primer sol del año apuntaba en el horizonte cuando nos dispusimos a desayunar en la cocina recién instalada, pagada con el sudor de mi frente y de mis muslos. Todos sentados a la mesa, todos salvo mi padre, nos tomamos un chocolatito caliente. Mi padre miraba intrigado por la ventana como la grúa del concesionario dejaba un Mercedes nuevo frente a casa, y como el operario bajaba y se dirigía a la puerta, tocaba el timbre y entraba, tras abrirle yo misma la puerta. Firmé los documentos de compra del vehículo y, con doble finalidad, le pregunté a mi padre que quería hacer con el antiguo CX Pallas, me contestó:
-Hija, el otro día me dijiste algo que me disgustó mucho, pero, este pobre viejo cada día está peor del oído ¿me puedes decir de nuevo que es lo que te habías hecho, por favor?
-Prostituta, papá, me he hecho puta-contesté, provocando una mirada de estupor en el operario que seguía esperando los papeles firmados.
-¡…Ah, bueno, que peso me quitas de encima, hija…!¡yo, tonto de mí, había entendido protestante!¡que disgusto, con lo católicos que somos en esta casa!, ven a mis brazos hija mía-decía mientras me abrazaba y, sobre mi hombro, miraba a través de la ventana el Mercedes, verde carruaje, con el que lo había comprado.
El chico de la grúa seguía esperando con la boca abierta…

MORALEJA:

El cariño verdadero, ni se compra ni se vende. ¿O sí?

1 comentario:

  1. El oficio más viejo del mundo y el sostén del cariño más antiguo que existe...¡el soborno!

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