Pasaron cuatro autobuses hasta que llegó
uno con plazas libres. Pocas, bien es cierto, pero después de estar esperando
bajo la marquesina metálica treinta minutos, a mediodía de un agosto abrasador,
parecían bastantes. La puerta se abrió, y el conductor-cobrador mostró su mano
derecha con cuatro dedos extendidos y solo el pulgar recogido, indicando sin
lugar a dudas los pasajeros que podían subir. Pero, claro, al menos diez de los
aspirantes a viajeros, se colaron en el interior del vehículo sin que el
sufrido conductor-cobrador pudiera hacer nada por evitarlo. Entre los afortunados, que se agolpaban en
la escalerilla de acceso a la plataforma de los asientos a la espera de pagar
su pasaje, se podían contar desde un anciano con un enorme andador metálico
(con el que iba golpeando las espinillas más cercanas), hasta una mujer encinta
que usaba sus manos a modo de escudo protegiendo la parte más sobresaliente de
su anatomía. El conductor-cobrador-vigilante, no paraba de indicar a la caterva
que ocupara las posiciones libres que coincidían con las más alejadas de la
parte delantera, a la voz de “¡al fondo hay sitio!”(grito este que se puede
escuchar en cualquiera de las múltiples ciudades españolas con servicio de
autobús urbano)
El caso es que el señor del andador había
atravesado involuntariamente el artilugio en el pasillo de acceso a los
asientos, tras cubrir dos terceras partes del recorrido del mismo, dejando el
paso cortado a las ansiadas vacantes. Mientras, el conductor-cobrador-vigilante
seguía insistiendo, “¡al fondo hay sitio, pase usted al fondo señora!” decía a
una mujer joven y rellenita que sudaba tinta china intentando evitar que un
señor le metiera mano aprovechando las sacudidas que sufría el autobús a causa
del maldito tráfico del centro. La situación se tornó insostenible cuando en la
siguiente parada, en lugar de apearse, subieron tres personas más: una monja
clarisa con una cofia enorme, un señor con un mono azul y una caja de
herramientas y un turista (seguramente sueco, dado el color de cangrejo que
lucía en su cara) con su maleta troley. El
conductor-cobrador-vigilante-acomodador, se levantó entonces de su asiento y a
voz en grito dijo “¡al fondo hay sitio, coño, pasen ustedes al fondo!”, y él
mismo se internó en la marea humana que inundaba el pasillo hasta llegar (como
el héroe que se juega la vida contracorriente) al lugar donde el anciano señor
seguía sin poder desatascar el andador. La gente empezaba a ponerse nerviosa y
el conductor-cobrador-vigilante-acomodador-policía tuvo que acallar algún que
otro conato de motín propiciado sobretodo por algunos chicos jóvenes con
melenas y pendientes en la nariz. Tras la arriesgada y fructífera excursión,
retornó a su asiento, no sin antes instar al pasaje “¡al fondo hay sitio,
córranse al fondo, que hay sitio, coño!”. No bien había terminado el reajuste
del personal, cuando dos nuevos pasajeros aprovecharon que el vehículo estaba
parado para subir a bordo, uno con una antena parabólica (pequeñita, más o
menos como una paellera de doce servicios) y otro con el carro de la compra que
usaba para llevar la bombona de butano, aparentemente llena según el esfuerzo
realizado para izarla hasta la plataforma, ayudado, como no, por el
conductor-cobrador-vigilante-acomodador-policía-mozo de carga. El autobús
retomó la ruta y el conductor repitió que “¡al fondo hay sitio, córranse al
fondo, que hay sitio!”, circunstancia esta que los melenudos de los piercings y
los tatuajes aprovecharon para remedar el manido mensaje al mismo tiempo que
era emitido, lo que provocó la mirada airada del
conductor-cobrador-vigilante-acomodador-policía-mozo de carga-megafonía, que, a
punto de sufrir un ataque por el estrés, gritó a la chica rellenita:
-¡Señora, córrase usted ya!
A lo que la muchacha, harta de evitar al
sobón contestó irritada señalando al hombre del andador
-¡pero como me voy a correr, si este hombre
no se mueve nada!
La carcajada a punto estuvo de hacer
estallar las ventanas del vehículo. El conductor echó el freno de mano en mitad
de la calle para evitar que las lágrimas que manaban a borbotones provocaran un
accidente al no dejarle ver. Como es bien sabido, la risa es contagiosa, y esto
provocó que diferentes oleadas de risotadas sacudieran al pasaje y al único
tripulante, que se sujetaba los costados para evitar en lo posible el dolor que
le provocaban las carcajadas.
El policía local no podía creer lo que vio
cuando consiguió que el conductor le abriera la puerta. No obtuvo ninguna
explicación. Al rato de mirar atónito el espectáculo, una sonrisa asomó a sus
labios y cuando quiso darse cuenta él mismo se reía a mandíbula batiente.
Por el pasillo corría un chorrito que,
siguiendo la pendiente, bajó las escaleras y pasando entre las piernas del
policía, cayó a la calle. Alguien se había meado de risa.
MORALEJA:
No hay que agobiarse, al fondo hay
sitio. Siempre.

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