domingo, 12 de octubre de 2014

Al fondo hay sitio.

Pasaron cuatro autobuses hasta que llegó uno con plazas libres. Pocas, bien es cierto, pero después de estar esperando bajo la marquesina metálica treinta minutos, a mediodía de un agosto abrasador, parecían bastantes. La puerta se abrió, y el conductor-cobrador mostró su mano derecha con cuatro dedos extendidos y solo el pulgar recogido, indicando sin lugar a dudas los pasajeros que podían subir. Pero, claro, al menos diez de los aspirantes a viajeros, se colaron en el interior del vehículo sin que el sufrido conductor-cobrador pudiera hacer nada por evitarlo. Entre los afortunados, que se agolpaban en la escalerilla de acceso a la plataforma de los asientos a la espera de pagar su pasaje, se podían contar desde un anciano con un enorme andador metálico (con el que iba golpeando las espinillas más cercanas), hasta una mujer encinta que usaba sus manos a modo de escudo protegiendo la parte más sobresaliente de su anatomía. El conductor-cobrador-vigilante, no paraba de indicar a la caterva que ocupara las posiciones libres que coincidían con las más alejadas de la parte delantera, a la voz de “¡al fondo hay sitio!”(grito este que se puede escuchar en cualquiera de las múltiples ciudades españolas con servicio de autobús urbano)
El caso es que el señor del andador había atravesado involuntariamente el artilugio en el pasillo de acceso a los asientos, tras cubrir dos terceras partes del recorrido del mismo, dejando el paso cortado a las ansiadas vacantes. Mientras, el conductor-cobrador-vigilante seguía insistiendo, “¡al fondo hay sitio, pase usted al fondo señora!” decía a una mujer joven y rellenita que sudaba tinta china intentando evitar que un señor le metiera mano aprovechando las sacudidas que sufría el autobús a causa del maldito tráfico del centro. La situación se tornó insostenible cuando en la siguiente parada, en lugar de apearse, subieron tres personas más: una monja clarisa con una cofia enorme, un señor con un mono azul y una caja de herramientas y un turista (seguramente sueco, dado el color de cangrejo que lucía en su cara) con su maleta troley. El conductor-cobrador-vigilante-acomodador, se levantó entonces de su asiento y a voz en grito dijo “¡al fondo hay sitio, coño, pasen ustedes al fondo!”, y él mismo se internó en la marea humana que inundaba el pasillo hasta llegar (como el héroe que se juega la vida contracorriente) al lugar donde el anciano señor seguía sin poder desatascar el andador. La gente empezaba a ponerse nerviosa y el conductor-cobrador-vigilante-acomodador-policía tuvo que acallar algún que otro conato de motín propiciado sobretodo por algunos chicos jóvenes con melenas y pendientes en la nariz. Tras la arriesgada y fructífera excursión, retornó a su asiento, no sin antes instar al pasaje “¡al fondo hay sitio, córranse al fondo, que hay sitio, coño!”. No bien había terminado el reajuste del personal, cuando dos nuevos pasajeros aprovecharon que el vehículo estaba parado para subir a bordo, uno con una antena parabólica (pequeñita, más o menos como una paellera de doce servicios) y otro con el carro de la compra que usaba para llevar la bombona de butano, aparentemente llena según el esfuerzo realizado para izarla hasta la plataforma, ayudado, como no, por el conductor-cobrador-vigilante-acomodador-policía-mozo de carga. El autobús retomó la ruta y el conductor repitió que “¡al fondo hay sitio, córranse al fondo, que hay sitio!”, circunstancia esta que los melenudos de los piercings y los tatuajes aprovecharon para remedar el manido mensaje al mismo tiempo que era emitido, lo que provocó la mirada airada del conductor-cobrador-vigilante-acomodador-policía-mozo de carga-megafonía, que, a punto de sufrir un ataque por el estrés, gritó a la chica rellenita:
-¡Señora, córrase usted ya!
A lo que la muchacha, harta de evitar al sobón contestó irritada señalando al hombre del andador
-¡pero como me voy a correr, si este hombre no se mueve nada!
La carcajada a punto estuvo de hacer estallar las ventanas del vehículo. El conductor echó el freno de mano en mitad de la calle para evitar que las lágrimas que manaban a borbotones provocaran un accidente al no dejarle ver. Como es bien sabido, la risa es contagiosa, y esto provocó que diferentes oleadas de risotadas sacudieran al pasaje y al único tripulante, que se sujetaba los costados para evitar en lo posible el dolor que le provocaban las carcajadas.
El policía local no podía creer lo que vio cuando consiguió que el conductor le abriera la puerta. No obtuvo ninguna explicación. Al rato de mirar atónito el espectáculo, una sonrisa asomó a sus labios y cuando quiso darse cuenta él mismo se reía a mandíbula batiente.
Por el pasillo corría un chorrito que, siguiendo la pendiente, bajó las escaleras y pasando entre las piernas del policía, cayó a la calle. Alguien se había meado de risa.
MORALEJA:


No hay que agobiarse, al fondo hay sitio. Siempre.

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