Ahora lo
recuerdo y casi me hace gracia. Son tantas las cosas que han ocurrido después,
tantos los momentos felices, tanto lo disfrutado, que casi me he olvidado del
pánico que inundaba mi razón y mi alma el día que decidí contarle a mi padre la
verdad sobre mi profesión. Él se vanagloriaba de una hidalguía, en realidad
impostada, y de un “blasón sustentado por un linaje entroncado en la Grandeza de España”. Era un puro ejercicio de la
más creativa ficción. aplicada al sablazo y a las apariencias. Como corresponde
a “tan alta estirpe”, mi padre era católico, apostólico, romano y del Real
Madrid y le gustaba dejarse ver los domingos en misa de doce, acompañado por mi
madre, por mis dos hermanos varones y por mí. Con mi cabecita rubia cubierta
por el velo ritual, y mi vestidito blanco de pureza sin mácula, nos sentábamos
en los bancos más cercanos al púlpito, donde mi padre representaba cada semana
a la perfección el papel de devoto siervo de Nuestro Señor, jefe de familia
piadosa y ejemplo para la congregación. Tras la siesta, mi padre y mis hermanos
partían hacia el Santiago Bernabéu para completar la liturgia del domingo, esta
vez merodeando por la zona de palcos del estadio, con la esperanza de que algún
conocido con dinero real, del que se lleva en el bolsillo, sintiera pena de mi
padre y de mis hermanos y los invitara a pasar al interior y ver desde allí el
fútbol.
Esa fase de
mi vida, que debería haber sido la más feliz, fue sin embargo oscura y
frustrante. Tanto es así, que apenas tuve la potestad de abandonar mi casa,
decidí irme a estudiar al extranjero aprovechando el montante de una beca que
premiaba mis excelentes calificaciones, pues la economía familiar, la real,
distaba en muchos ceros de la aparente, como ocurre en las empresas que tienen
doble contabilidad, pero al revés.
Ya era toda
una mujer, y mis números (tanto académicos como anatómicos) eran mareantes para
cualquiera, modestia aparte. Sobre todo para mis profesores varones, que vieron
en mí, aparte de una colaboradora excepcional, un objeto de deseo irrefrenable.
Creo que el hecho incontestable de mi capacidad profesional y docente, unido al
palmario de mi rotundidad de formas, hizo que mi carrera estudiantil pasara
como un suspiro para mí y podría asegurar sin temor a equivocarme, que para mis
doctos profesores, también. El salto al mercado laboral era cuestión de tiempo,
pues adjuntando a mis currículos una fotografía de medio cuerpo, en lugar de la
consabida tamaño carné, las oportunidades no paraban de presentarse. Escogí la
que mejor me pareció de entre todas las tentadoras ofertas recibidas y pasé a
formar parte de una multinacional radicada en Francia, circunstancia esta que
me permitió ejercitar y acrecentar mí, ya contrastado, dominio del francés.
Dadas las prerrogativas del puesto que desempeñaba, mi asistencia a congresos y
a reuniones de alto nivel era un requisito indispensable, y fue en la fiesta de
clausura de un encuentro de empresarios del sector del ocio de lujo, donde fui
abordada por el hombre maravilloso que me propuso el salto a la prostitución de
alta escuela. En un principio me sentí ofendida, aunque he de reconocer que al
mismo tiempo me tentaba la idea de incrementar mis ingresos en proporciones
astronómicas haciendo prácticamente lo mismo que intentaban mis jefes que
hiciera con ellos, pero cobrándoles. No lo pensé más. Mi debut como hetaira se
produjo un mes de febrero, y para el verano ya había ascendido en el escalafón
y en el caché hasta las posiciones más elevadas. El dinero dejó de preocuparme,
pero el hacer participes a mi familia de mi actual condición, me quitaba el
sueño.
Como un
suspiro, llegó la navidad, y con ella la inexcusable visita a casa de mis
padres, donde iba a ser sometida a un segundo grado de interrogatorio por parte
de mis hermanos y de mis padres. Me armé de valor y, con la convicción que da
el saber que estas haciendo lo que realmente quieres, me presenté en casa el
día de los inocentes, por la mañana. Tras la algarabía de la llegada, los
parabienes y las bienvenidas, nos sentamos a desayunar en la antigua mesa de la
cocina, un mueble de formica verde con las patas metálicas corroídas hasta la
mitad por el orín y los años. Jugueteaba localizando con mis dedos los chicles
pegados bajo el tablero por mi misma cuando era niña, dándole vueltas a como
iba a enfocar el asunto. Siempre he pensado que los malos ratos cuanto antes se
pasen, mejor y, tras una leve preparación del terreno, me sinceré totalmente
con mi padre que, intuyendo algo, movía nerviosamente el contenido de su taza
de café.
-Papa, tengo
que decirte algo importante. Espero que sepas encajarlo, porque no tengo
intención de cambiar, pero me gustaría más que nada en el mundo, que me
siguieras viendo como lo que soy: tu hija que te quiere muchísimo y que te
respeta, independientemente de lo que soy. Papa, por circunstancias que ya
veremos en su momento, me he hecho prostituta…- dije con
la voz temblorosa por el temor a la reacción de mi padre y por el nerviosismo
de la embarazosa situación. El café, al que acababa de dar el primer sorbo, fue
expulsado de su boca como si fuera un surtidor, como esas fuentes en que un
sátiro hecha agua pulverizada por un pífano. Su faz, antes amoratada por efecto
del Jerez y del brandy, se tornó lívida. Mi padre mi miró con una dolorosa
expresión de desapego en sus ojos, se levantó del sillón que ocupaba y salió de
la habitación sin haber abierto la boca.
Yo quedé sumida en un lamentable estado de vacilación que me sorprendió, pues pensaba que fuera cual fuera la reacción de mi padre, la iba a encajar con entereza, y ahora, tras cruzar la línea de no retorno al sincerarme, me asaltaban las dudas sobre la conveniencia o no de tanta sinceridad. Como los días pasaban y la actitud de mi padre seguía inmutable, pensé en llevar a cabo un plan de aproximación para ganar el respeto al menos del resto de la familia. Subí a mi madre a mi flamante 4 x 4 y juntas nos dirigimos a una tienda de muebles, propiedad de un cliente mío que me debía un favor muy grande. En una de las ocasiones en las que necesitó de mis servicios, nos encontramos a su mujer tras salir del restaurante y fingí (con mi sentido innato de la interpretación, herencia de mi padre) ser una proveedora de una conocida fábrica de muebles. Salvó su matrimonio, me dio una excelente propina y me prometió agradecimiento eterno, el mismo que yo iba a reclamar entonces. Compramos mobiliario nuevo para todas las habitaciones de la casa, a gusto de mi madre y lo pagué en metálico con la promesa de mi antiguo cliente de que a la mañana siguiente estaría todo instalado, a pesar de ser víspera de nochevieja. Así fue. Y pude observar como mi padre miraba de soslayo el trasiego de muebles, viejos y nuevos, y como la casa adquirió de repente una apariencia mucho más señorial de lo que él mismo había soñado nunca. Pero seguía sin ser suficiente. No me hablaba y rehuía mi presencia y, por supuesto, mi compañía. Había que profundizar más.
La segunda
intentona la encaminé por la senda del prestigio. Nunca habíamos ido muy
sobrados de ascendiente entre nuestros “iguales”, y pensé que si mis hermanos
(infinitamente más tontos que yo) se matriculaban en cierta universidad
norteamericana cuyo rector era fiel cliente de una servidora en sus frecuentes
visitas a nuestro país, eso constituiría un aldabonazo a la desmedrada
reputación de mi padre. Podría enorgullecerse en el palco del Bernabéu de que
sus hijos estudiaran en Estados Unidos con una matrícula especialmente dirigida
a personas de la nobleza internacional. Yo la pagaría, claro, y mi querido
rector (cuyos vicios secretos y mi diligencia a la hora de realizarlos le
obligaban a satisfacerme) se encargaría de enviarnos a casa los dos impresos
cumplimentados con la orden de ingreso adjunta, sin fecha de ingreso definida.
A la mañana siguiente, 31 de diciembre, un mensajero nos trajo la valija con
toda la documentación firmada y sellada con el visto bueno del rector, lista
para ser utilizada. Mis hermanos no cabían en sí de gozo, mi madre lloraba de
felicidad por los rincones, pero mi
padre… Mi padre me miró a los ojos, se dispuso a decirme algo, pero su mal
entendido orgullo hizo que partiera en dirección opuesta, sin llegar a
articular palabra. Hacía falta algo más. Anduve cabizbaja por las recién
amuebladas habitaciones, meditando cual podría ser la jugada definitiva que
devolviera el amor de mi padre a sus niveles de antaño. En mi paseo doméstico,
llegué al garaje y allí vi el antiguo Citroën CX Pallas blanco que mi padre
mantenía como seña del señorío familiar. Su pintura, descarnada, saltaba al
contacto con mis dedos, sus ruedas estaban cuarteadas y desinfladas y la
ventana trasera derecha, la mía, estaba cerrada con la ayuda de un
destornillador incrustado entre el cristal y el marco. ¡Ya está!, le regalaría
a mi padre un coche nuevo, un vehículo con la elegancia y la sobriedad que necesitaba
un hidalgo español, de noble linaje y antiquísimo escudo de armas. Le iba a
comprar un Mercedes de color verde carruaje que, como todo el mundo sabe, es el
color de los vehículos de la nobleza (amén del rojo inglés, más bien reservado
para los dignatarios de la Iglesia y para los toreros esnobs).
Tomé mi
teléfono móvil y realicé un par de llamadas al gerente de un concesionario que
estuvo encantado de quedar conmigo esa misma mañana, a eso de las doce en el
hotel de costumbre. Tras reunirme con él en el hall del establecimiento, le
propuse almorzar y, en el transcurso del refrigerio, le expuse lo que deseaba:
quería un Mercedes clásico, verde carruaje para el día siguiente. A cambio,
disfrutaríamos juntos de la suite de siempre sin que ello supusiera gasto
alguno por su parte. El gerente, hombre acostumbrado a las negociaciones,
incluyó entre sus peticiones alguna que me resultaba especialmente asquerosa,
pero accedí con tal de conseguir el coche, y de paso, recuperar el cariño
paterno. Fue una tarde agotadora. Estuve trabajando hasta las tantas y de no
ser por la fecha tan señalada, habríamos continuado incluso después de las
doce. La hora de las campanadas.
Llegué a casa
con el tiempo justo para asearme y cambiarme de bragas y de vestido. El año viejo
se escurría entre las agujas del reloj y yo deseaba que con él se disipara
también el distanciamiento con mi padre. En la pantalla, Ramón García, con su
capa de caballero español, desgranaba las campanadas. La puerta del Sol
estallaba en buenos deseos, en besos y en abrazos. Uno tras otro fui besando a
mi familia, y al llegar el turno de mi padre noté una diplomática frialdad en
sus besos, y nada más.
El primer sol
del año apuntaba en el horizonte cuando nos dispusimos a desayunar en la cocina
recién instalada, pagada con el sudor de mi frente y de mis muslos. Todos
sentados a la mesa, todos salvo mi padre, nos tomamos un chocolatito caliente.
Mi padre miraba intrigado por la ventana como la grúa del concesionario dejaba
un Mercedes nuevo frente a casa, y como el operario bajaba y se dirigía a la
puerta, tocaba el timbre y entraba, tras abrirle yo misma la puerta. Firmé los
documentos de compra del vehículo y, con doble finalidad, le pregunté a mi
padre que quería hacer con el antiguo CX Pallas, me contestó:
-Hija, el
otro día me dijiste algo que me disgustó mucho, pero, este pobre viejo cada día
está peor del oído ¿me puedes decir de nuevo que es lo que te habías hecho, por
favor?
-Prostituta,
papá, me he hecho puta-contesté, provocando una mirada de estupor en el
operario que seguía esperando los papeles firmados.
-¡…Ah, bueno,
que peso me quitas de encima, hija…!¡yo, tonto de mí, había entendido protestante!¡que disgusto, con lo católicos que
somos en esta casa!, ven a mis brazos hija mía-decía mientras me abrazaba y,
sobre mi hombro, miraba a través de la ventana el Mercedes, verde carruaje, con
el que lo había comprado.
El chico de
la grúa seguía esperando con la boca abierta…
MORALEJA:
El cariño
verdadero, ni se compra ni se vende. ¿O sí?


